Crecer en Autoestima

Branding, Coaching, Creatividad, Marca personal

El proceso para llegar hasta la esencia de lo que somos, comienza por sentar las bases para forjar una autoestima sana.

La autoestima es la base de nuestro modo de desenvolvernos y por lo tanto de nuestro crecimiento en cualquier parcela. Relaciones sanas, una mejora laboral, o incluso el deseo de lograr un sueño, tienen su origen en nuestro nivel de autoestima. De manera que cualquiera que sea nuestra búsqueda, objetivo, emprendimiento, sueño, inquietud o toma de conciencia sobre cuánto y cómo nos queremos a nosotros mismos, sólo el trabajo dirigido al fortalecimiento de esta pequeña-gran parcela de lo que somos, nos permitirá lograrlo.

Pero, ¿cómo crecer en la autoestima? ¿Cuáles son las bases para conseguirlo? Crecer en la autoestima no significa “disparar” la autoestima nutriendo al ego, sino hacer limpieza y recuperar un ego sano. Utilizando un símil muy de nuestros días, llegamos aquí cargados de información, somos un hardware saturado de programas, archivos, virus y spam. En nuestro interior coexiste un impecable software de gestión, sin embargo, desde su puesta en marcha, se han cargado programas adicionales, muchas veces incompatibles, de ahí las continuas interferencias en nuestra forma de proceder y lo que a veces somos capaces de proyectar como una versión óptima y coherente de nosotros mismos. Además, recibimos información nociva, que en ocasiones llega incluso a instaurarse en nosotros casi celularmente, y desestabiliza todo el sistema; nos desequilibra completamente…

La “limpieza del software” es la primera base para recuperar ese ego sano, y por lo tanto una autoestima equilibrada.

¿Por qué insisto en hablar de “ego sano” y “equilibrio”? ¿No basta con “creerse mejor”, sentir que uno “no es menos”, atreverse por fin a abandonar esa relación dañina, o no permitir que invadan nuestros límites? La respuesta es que no, siempre que todo esto sea la consecuencia de un proceso intelectual de “compensación”, que suele llevarnos al otro extremo; lo que al final es la otra cara de la misma moneda.

Cuando recuperamos la autoestima, no es necesario esforzarse más en ser, demostrar, abandonar o imponer ningún límite. Todo ello, simplemente fluye, emana de nosotros, es algo inherente y natural. Eso es lo que estamos buscando, un estado natural en el que los límites saltan como alarmas y nos impiden aceptar aquellas situaciones que prueban una falta de amor hacia nosotros mismos… Ahora bien, cuando acusamos un exceso de autoprotección, nos sentimos superiores al resto, o no somos capaces de flexibilizar esos límites por amor a otro, es decir, cuando la autoestima va más allá del encuentro equilibrado con los demás, estaremos ni más ni menos que en el mismo punto de origen, un bajo nivel de autoestima, que “compensamos” a través del menosprecio a los demás, la percepción de superioridad, la falta de empatía, y las conductas narcisistas. Por eso hablamos de “ego sano”, por eso hablamos de equilibrio.

Autoestima es, principalmente, <me conozco>; significa que sé exactamente quién soy, qué quiero, dónde estoy y por qué he llegado hasta donde estoy, qué espero de mí mismo, qué le pido a la vida y cómo soy capaz de relacionarme con mi pasado sin culpa, sin arrepentimiento pero con absoluta consciencia. Esta es la verdadera base de la autoestima, el conocimiento profundo y aceptación de uno mismo. Pero a la vez, estaremos aceptando a los demás, tendremos la capacidad de verlos a ellos también, y comprender sus diferencias.

Cuando la autoestima está fuerte, sólida, tenemos la capacidad de ver dónde se encuentra la autoestima del otro, por eso somos capaces de mejorar las relaciones, poner la distancia oportuna, y dejar que sea el otro el que se descubra a sí mismo.

Muchos de nosotros, debido a esa sobrecarga de “programación” incompatible, nos pasamos la vida en uno u otro extremo, o bien vamos de un extremo al otro, tratando de compensar la carga por no ser capaces de amarnos a nosotros mismos, y también la culpa por no ser capaces de amar realmente. Pero la verdadera autoestima está exactamente en el centro, el amor a nosotros mismos, sin dejar por ello de amar a los demás. Amor, en este sentido, es en realidad un “ver”, verme a mí mismo y ver al otro, pero con amor, con lo mejor de mí mismo, de manera constructiva y creativa.

Ahora bien, para llegar al centro, a veces hay un paso previo en el que la compensación es necesaria. Estamos tan afectados “a la baja” en nuestra autoestima, que necesitamos comenzar por querernos sólo a nosotros mismos. Esto no significa menospreciar a los demás, sino ocuparnos sólo y exclusivamente de nosotros mismos, recordando y siendo conscientes de las propias carencias de los demás, que les han llevado a ser quienes son…

Para crecer en esa autoestima sana, sólida, centrada; al igual que un equipo informático necesita pequeñas actualizaciones periódicas que lo permitan seguir funcionando y mejorándose a sí mismo, iremos trabajando en esa estructura superficial que nos permite compensar la carencia. Pero, además, y poco a poco, iremos recalando en esa otra estructura profunda, en los daños que ha sufrido el hardware, hasta realizar un “back-up” completo que nos permita llegar a ser personas totalmente renovadas en nuestra autoestima, y establecer relaciones de equilibrio y respeto reales.