Reflexión sobre la vejez

Ayer fue una jornada de domingo para recordar por lo exquisito de la comida y lo interesante de la compañía. Pero sobre todo porque en la sobremesa tocamos un tema de los que a mí me parecen candentes: el envejecimiento

Parece natural temer el declive de la vida, como alguien defendía ayer durante el debate, pero en mi opinión no lo es en tanto. Más bien, el miedo a esa etapa que es una parte más de nuestra programación, me parece una consecuencia lógica de la sociedad que hemos creado.

Hoy la vejez está concebida como exilio, y es donde se amontonan y por fin estallan todas las renuncias acumuladas en el camino. La sabiduría de los viejos de las civilizaciones antiguas se ha borrado por completo del día a día, de manera que no queda espacio para la función primordial de la vejez en la sociedad: la transmisión del saber. Extinguida esta función esencial de contribución al ciclo natural de la vida, con el final ya cerca, y asolados además con frecuencia por las consecuencias de haber vivido sin una libertad profunda, de haber renunciado a menudo a los propios sueños, ¿qué otro sentimiento salvo el miedo nos queda al contemplar la vejez?

Es lógico desde esta perspectiva que inconscientemente queramos apartarla de nuestra vista, cerrar los ojos; y que cuando nos acercamos a ella nos asalte el miedo. Pero la vejez así vista solo está mostrándonos como un espejo el producto de nuestras propias decisiones como sociedad, y por ende como personas. La vejez no es “esta vejez”, y en la medida de lo posible deberíamos cada uno valorar cómo queremos que sea y actuar ya mismo en consecuencia.

Cuando alguien me preguntó ayer sobre mi ausencia de temor a la vejez, yo respondí sin vacilar que tengo mi expectativa de felicidad puesta en dos sitios: la educación de mi hija y mi amor al conocimiento. Como ya sabemos, la vida es la propia mente, y yo no espero detenerme nunca aunque el cuerpo vaya cada vez más lento.

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