La verdad en la política

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Filosofía, Liderazgo

walter lippmannSi algo ancla, esclaviza y somete, eso es la política. No porque esté concebida de una determinada manera, sino porque su fundamento son las ideas, y éstas construyen el mundo en el que se reconoce la mente.

Se puede hacer y estar en política desde muchos campos de actividad, no nos llamemos a engaño. La política es la ‘acción en la polis’, con toda la amplitud que esto abre; y su origen no es menos interesante que el rumbo anacrónico que ha tomado la acción política en nuestros días; a saber: la política puede ser definida como una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva.

Digo “interesante” refiriéndome al hecho de que la política asuma la libertad en lo social y en lo individual, y digo “anacrónico” en tanto si algo nos falta es precisamente la libertad. Y sugiero aún más: Si nos falta la libertad es precisamente porque apoyamos y hacemos la política que tenemos y no la política pura “que aborda mediante ideas los problemas que se derivan de la colectividad”; es decir, seguimos la corriente a las opciones políticas de nuestros días y olvidamos las ideas originales, olvidamos la política verdadera. Es así como somos esclavos del “arte político” de someter las ideas (lo puro que nos mueve a todos) a su particular formato.

Para hacer, no política sino ‘verdad política’, cualquier actitud, orientación, movimiento o partido (se entiende que “políticos”), debe ser sometido con regularidad a la reflexión, de otro modo corre el riesgo de tomar demasiada distancia de su original, erigirse en fuente de luz y no tanto en su mero reflejo. Me explico: Cualquier creación a partir de una idea es una de las posibilidades que da forma a la idea, pero nunca es la idea. En política, con demasiada frecuencia se es fiel a la forma y se olvida el origen (la idea pura que nos mueve realmente), o peor aún, se identifica la forma creada (por ejemplo un partido) con la idea de la que aquella nació; y es así como en poco tiempo se ve truncada la verdadera fidelidad a la idea por mera asociación de la forma (el partido o el líder) y el fondo (la idea a la que deseamos ser fieles)

Es lo que pone de manifiesto, en un plano profundo, la fidelidad que parece demostrar (y digo “parece”) la señora Díaz Pacheco, presidenta de la Junta de Andalucía, a sus propias ideas pero no necesariamente, o no en todo momento, o quizá no en este preciso momento, a la dirección del partido que representa. Sometida a debate y crítica por su acercamiento unilateral a la Presidencia de esta colectividad que es España, ¿a que debe fidelidad una mujer que hace política “verdadera”, o mejor dicho, que ejerce la “verdad” en política? En mi opinión, esa mujer o ese hombre, debe lealtad a la idea, a la fuente, pero nunca al partido o al líder, que sólo constituyen una forma posible para manifestar esa idea en el mundo; y que como “forma” no puede ser fiel a la idea salvo teniendo como único norte la idea.

Esa otra manera de hacer política sí responde a la libertad porque somete lo formal (partido, líder, campaña…) a un examen constante. Esa otra política, la verdad en política, es el origen de la libertad en el hombre y de la libertad en el grupo. Esa es la política que a veces, como el caso del que estos días se hacen eco los medios, nos hace volver la vista por inusual y, cuando menos, valiente.

2 thoughts on “La verdad en la política”

  1. xantiaguitar dice:

    Totalmente de acuerdo, debemos revisar el término, y si es necesario crear uno nuevo.

    Creo que las palabras envejecen en la medida en que tergiversamos su significado original, como ya estudió Wittgenstein y ahora la PNL.

    Debemos revisar nuestras ideas desde el principio y adaptarlas a las necesidades y conciencia actuales, crear nuevos paradigmas donde haya menos dogma y más pensamiento y reflexión.

    La autocrítica en un partido político o cualquier sistema en general debe ser constante.

    Como ya he planteado alguna vez, sugeriría cambiar por ejemplo el nombre de “partido de la oposición” por el de “partido complementario”. Así el deber moral de éste último, cambiaría radicalmente.

    Reciclemos nuestros sistemas, aunque siempre de forma inclusiva.

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  2. Gracias por tu comentario, Santiago. Estoy contigo en tus planteamientos, y cómo cambiaría el rumbo de la “oposición” al convertirse en “complementariedad”. Hace falta mucha fidelidad a los valores de base.
    Por eso precisamente, además de revisar el término “política”, propongo revisar hasta dónde son fieles las causas que apoyamos a las ideas (valores) que realmente nos mueven. O hasta qué punto identificamos causas con ideas (que si bien en origen pudieron haber sido una misma cosa, con el paso del tiempo han podido tomar distancia unas de otras), y entonces somos nosotros los que dejamos de ser fieles a nuestros propios valores, fundamentos o ideas.
    Abrazos.

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