Rechazo a la creatividad: intuición defensiva

Con frecuencia, las personas creativas encuentran tremendos escollos hasta lograr dar visibilidad a su creación. Es frecuente verlos sumidos en ciclos de ascenso y descenso (en popularidad, equilibrio profesional, relaciones estables…). Son personas que viven en una constante de «tensión» interior, y esa tensión se traslada al ambiente exterior, que refleja su «rechazo» al estado de tensión, y por lo tanto, al potencial creativo y lo que pudiera aportar en términos de mejora. En lugar de favorecer la «solución» al estado de tensión, nos quitamos de encima lo que en principio nos plantea un «problema».

El mecanismo intuitivo de «auto-defensa» es realmente eficaz. Sucede que el ambiente quiere mantener el «estado de cosas», la calma, por lo que a priori duda de que la aportación creativa, que siempre supone la «muerte» de algo para generar algo nuevo, no vaya a significar un riesgo fatal para el sistema en su conjunto. Soportar el estado de tensión supone confiar en que la creación resultante será rentable a futuro, aunque solo sea como un paso previo a una «creación mejor». La incertidumbre es lo que provoca el rechazo.

Quienes dirigimos o hemos dirigido equipos, hemos tenido la oportunidad de observar cómo algunas personas son un flujo de ideas constante, otras rechazan las nuevas ideas, y las últimas muestran una actitud más neutra. Este reflejo no siempre responde a la realidad compleja de las personas que trabajan con nosotros. Entre esos perfiles que podemos llamar «neutros», buenos realizadores de la tarea, magníficos muchas veces en obtener el rendimiento esperado; a veces subyace en estado de latencia un ser altamente creativo, dominado por el entorno y defensivo contra su propio espíritu creativo. Alguien así, es posible que a su vez desarrolle un perfil defensivo, perpetuando una constante de rechazo y bloqueo al flujo creativo. Con frecuencia son personas con una gran capacidad de control y altamente disciplinadas. Personas que, a priori, nos ayudan a mantener el avance.

Sin embargo, cualquier disparador «aleatorio» de la necesidad creativa puede suponer un giro inesperado en ese «estado de cosas», y acontecer sin que nos hayamos preparado para ello. Esto supone costes imprevisibles, y aumento de los riesgos de parálisis, todo depende de la calidad de los mecanismos de control que hayamos previsto, y de las reservas con las que cuente nuestro almacén de recursos. Por lo general, siempre tenemos piezas de reposición, pero a la contra nos perdemos grandes dosis de innovación.

Si la creatividad es bien recibida y canalizada para ser empleada como un activo más de la empresa, estamos generando un mecanismo «orgánico» de control, y esto es fundamental para la competitividad en este Siglo XXI.

 

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